A ti…

¿Recuerdas la primera vez que hablamos? Confesé lo mucho que amo escribir, y pediste leerme, tal vez de manera inocente, éramos desconocidos.
Te contesté con un fragmentito de lo que soy, por primera vez lo hice: Yo no comparto mis escritos, mis íntimos escritos, a menos de que confíe en ti.
Y sigue siendo verdad, no me desnudaría todavía ante el mundo ni quien individualmente lo habita, no quiero sonar pretenciosa, pero por ahora, el mundo no merece la pena.
Sin embargo, tú eres parte del mundo, de la humanidad entera, y si confío en ti, siendo parte de todo, significa que puedo confiar en el todo.
Dicho esto, espero entiendas el mensaje de la carta.
El primer propósito de la misiva es similar a la de Virginia Woolf, es una despida, pero una despedida diferente; verás, ella nació siendo prisionera de una enfermedad que hacía que tuviera lapsos de locura incurables, se cansó de hacer que su vida dependiera de ello, y terminó con ella. Era lo más sensato. Sin embargo, ese no era el objetivo de escribir, era un acto de amor, el tratar de hacer que su esposo comprendiera que ella se fue libre, que no fue su culpa, y que él hizo todo lo humanamente posible por ayudarla. Pero no lo logró. Nadie podía curarla.
Mi despedida no es física, me despido primero yo de mí, necesito ahogarme con mis tormentas y morir en ellas si es necesario. Pero no es tiempo de hacerlo de manera permanente, aún me quedan muchas cosas por hacer. Me despido de amargos recuerdos, de soberbia y actitudes que han hecho que el estanque crezca y se pudra cada vez más, me despido de lo que me hace mal sin dejarme ni una sola enseñanza.
De ti, de ti no quiero despedirme, no es el momento, y, hablando sinceramente, no quiero que ese instante llegue, cambiaría mi vida para siempre, no sé de qué manera.

El mensaje es también una respuesta, tal vez no lo recuerdes, o quizá sí, pero jamás lo dijiste de nuevo, en una de tus borracheras, estabas bastante terco, haciendo muchas preguntas sobre el mundo, sobre ti, sobre mí, sobre todos los demás. Me mirabas esperando una respuesta a todo, y la verdad, durante ese rato decidí ignorarte, no sabía que contestarte y no sólo quería que comieras algo para que durmieras por fin, y descansaras, ya que además de tu embriaguez, pude notar que estabas enfermo, cansado de todo, justo habías comenzado una “crisis”, antes de que me lo confirmaras.
En fin, luego de una larga charla sin sentido, nos metimos a la cama, y me preguntaste que porqué estaba yo contigo en ese momento, te contesté, claro, que era porque Te Amo; pero no terminó ahí, seguiste preguntando y me dijiste que debía decirte porque afirmaba eso, que debía tener razones, entre otras cosas que por el momento no recuerdo.
Pasé varios días pensando en el suceso, al principio atribuí todo a la necedad impulsada por el alcohol, necedad sincera, pero más impulsiva que nada. Sin embargo, tus preguntas no carecían en nada de sentido, solamente fue un error y motivo el alcohol para decírmelas, así como yo lo he hecho, tal vez en la mayoría de los casos, de manera errónea.
“¿Por qué te amo?” La verdad, fue una pregunta difícil de responder, no porque no pudiera, sino porque estaba, en un inicio, en desacuerdo sobre cómo se formula.
Me explico, no creo que existan numeradas razones para decir que una persona ama a otra, no creo que tenga un proceso, un plan, un esquema, no me gusta pensar en el amor como algo estandarizado, y si bien, no era la intención de tu pregunta, si es una inconformidad mía generalizada con la misma.
No existen razones, porque las que encuentro no me hacen amarte, sólo me hacen gustar de ti, de tu persona y lo que eres.
En resumen, creo que la pregunta inicial debiera modificarse a un: “¿Por qué piensas que me amas”?, que aunque no me convence del todo, es lo más cercano que encuentro.
Así que: ¿Por qué creo que Te Amo?
Esa sí, no se me dificulta en nada responder, es sencillo, pero tiene su complejidad al momento de explicar.
Yo, sólo puedo responder esa pregunta de manera clara, en la circunstancia en la que estoy, escribiendo, liberando una a una mis ideas sin ruidos externos ni prejuicios imaginarios, cerrando los ojos, perdiéndome lentamente en el recuerdo inexistente de un abrazo, un abrazo que terminaría con todo, donde por fin, con mi boca, frente a frente, se caiga la pared interna que he creado durante mi vida, y te diga lo que ahora te escribo:

Yo Te Amo, porque encuentro en ti la combinación perfecta de los sentimientos más sublimes que una persona puede sentir por otra.
Te Amo porque creo en ti, no sólo deposito mi confianza en tu reciprocidad, sino que en verdad, te vislumbro un futuro difícil, en el que tú solo saldrás de los baches presentados, y triunfarás de alguna manera. Tu existencia, me atrevo a apostar, quedará resguardada para siempre en la conciencia de jóvenes que creen en las revoluciones de todo tipo. Siento que eres y serás, una revolución de muchas maneras. Y así quiero ser yo, un escalón, un peldaño en el que puedas apoyarte para salir de esas situaciones con el menor daño posible. Deseo apoyarte, realizar mi vida y mis sueños, pero al mismo tiempo, velando porque tu sufrimiento sea llevadero, tan solo un poco.
Te Amo porque quiero verte feliz, deseo por lo menos una vez al día, ver una sonrisa en tu rostro, que no te despegue los pies de la realidad, pero sí te des un momento de niñez, tu minuto en el día en el que renuncies a todo y te enfoques sólo en ti, en disfrutar una comida, una siesta, un orgasmo, a ti y a mí. En el que puedas visitar momentos alegres, y crear muchos más, y claro, me gustaría contribuir en ello.
Te Amo porque quiero que crezcas, porque quiero crecer a tu lado.
He crecido contigo de la manera más bella en muy poco tiempo, se debe a qué es la primera vez en la vida, en el que mi vulnerabilidad y fuerza se conjugan, se vuelven hambre, y me permiten sentir qué es amar a alguien con desbordante fuerza, qué se siente no dormir noches enteras mostrando mi lado más frágil, llorando por el hombre que amo, o demostrando mi lado más fuerte, suspirando y riendo, por la misma razón que impide mi sueño. Me he sensibilizado, he conocido, y por fin, he amado, y ese es el “conocimiento” que se puede compartir, de la manera más sencilla y la más sublime conocida dentro de la humanidad.
Y si es que me Amas, creo entonces, que has logrado ese crecimiento a mi lado, por fin has amado, y te han amado. Hemos aprendido sobre el sentimiento más complejo, en donde ambos sufrimos y gozamos.
Pero aún nos falta, hemos de cruzar abismos si seguimos juntos, y es por eso que aseguro que Te Amo, porque a pesar de la borrasca que se nos presente, seguiré a tu lado, aprendiendo a esquivar y pelear contra tormentas, donde espero ser un impermeable para tu piel, porque a fin de cuentas, sólo contará la hora de desnudez entre nosotros, el instante de mayor gozo, donde fuera de pruebas, nos mostremos el cariño y amor que sentimos el uno al otro.
Te Amo, porque quiero protegerte, porque si es por mí, nada te lastimará, me encargaré de ser un chaleco impenetrable donde no traspase ni una bala, y cubrirte completamente en forma de abrazo, permitirme lamer tus heridas cuando me haya descuidado, curarte cada día, transformar el odio en dicha. Tú lo has hecho conmigo incontables veces, me has protegido y curado de la amargura de los días y las personas, y aunque sé que es imposible librarnos uno al otro de las pesadumbres, podemos, si lo permites, ser un hombro fuerte para el otro, en donde descansemos nuestras mentes al final del día.
Te Amo porque despiertas en mí, felicidad, pasión, sinceridad, libertad… Equiparable sólo con el amor que por ti siento.
Te Amo aunque no me amarás, mucho tiempo caí presa del egoísmo, pensando solamente en el hecho de sentirme amada. Pero ahora, aunque no fuera cierto, Te Amo aunque no lo hicieras. Te Amo porque no necesito que lo hagas, no dependo de tu correspondencia para seguir haciéndolo, y sin bien, hiere al punto del malestar físico el sólo pensarlo, acepto la posibilidad, no con resignación, más bien con felicidad que falta por desarrollar.

Te Amo con los años que espero nos esperen, con los momentos que ojalá nos acontezcan. Te Amo con la mirada eterna, la que no se afecta de contingencias, la que te pertenece porque dice que Te Ama.
Te Amo, porque me declaro tuya en libertad, porque lo confirmo, eres dueño de mis constantes pensamientos, de la mayoría de mi tiempo y por supuesto, de mis sueños y desvelos.
El miedo a envejecer, no era más que un miedo a la condición inherente, a la evidencia de la soledad que a todos nos contiene, pero contigo, la irracionalidad puede volverse constante, y puedo despedir los años de mi vida, en coherente locura. Acompañando a mi soledad, acompañando a la tuya, con la sinceridad de tu beso, con la agonía tan disfrutable que me has regalado desde el primer día con tus abrazos…
Y yo Te Amo, Te Amo, y Te Amo,
Amo tu piel y sus asperezas,
Tus labios, y todo lo que emana de ellos,
Tu espalda, que sólo se describe con poesía
Y, de manera especial…Amo tus ojos que son tu mejor rasgo, la perfección en ellos se compara solamente con la honestidad que despiden mirada a mirada, regálame, la dicha de verlos cada día…
Libre y siempre tuya
Marisol Barrientos González.10252080_647288375365650_7541597738658444465_n

La carta de Amelia.

Se llamaba Amelia, la conocí caminando una tarde en Barcelona. Era uno de esos días engañosos, en los cuales, a pesar de que el sol deslumbraba a los ojos, había un aire gélido que cubría las formas. Amelia iba caminando, pisadas fuertes pero tímidas; llevaba un cárdigan que caía hasta sus rodillas, unas medias negras que dibujaban la silueta de sus piernas, el cabello sujeto y enmarañado, sus lentes negros y el toque distintivo de Amelia: Los labios secos, áridos, enjuagados con pequeños charcos de sangre, sus propios oasis en medio del desierto que eran.
Con el tiempo Amelia y yo congeniamos, tomamos café, salimos al cine, follamos y comenzamos a frecuentarnos.
Pero no la conozco, Amelia, debe ser más que la muchacha simple que todos ven, no es una chica bonita, es una hermosa mujer, Amelia… repito tanto su nombre porque la representa de manera fiel… Es franca, posee una belleza que es difícil de apreciar, Amelia es fuerza, es calidez, es… es Amelia, mi desconocida favorita.
Un domingo por la mañana, desperté temprano y me fui a correr, cuando regresé Amelia había despertado, estaba en mi cama, de una manera tan fresca y sensual… No llevaba más que mi camisa de botones y sus calzones. Estaba sentada, con el cabello revuelto y el maquillaje arruinado, sus ojos estaban postrados en una hoja de papel, se encontraba en un estado casi letárgico, tan concentrada… incluso sus secos labios se veían abstraídos, si eso fuese posible.
Cuando volvió a la realidad, volteó a verme, me preguntó si quería saber algo de ella, de su historia… Noté en su voz un poco de fuerza, pero esta fuerza estaba rodeada con nostalgia… Tomé la hoja de Papel, se trataba de una carta.
La carta de Amelia decía así:
“Querido Armando
El día de hoy festejamos nuestro aniversario número 8; y es imperante la necesidad de compartir contigo algo que descubrí recientemente, pero antes, quisiera explicar cómo llegué a esa conclusión.
Durante el tiempo que hemos estado juntos, he compartido contigo algo más que mi vida, te he mostrado mis sueños, mis miedos… Mi desnudez. Eres tanto, Armando, fuiste el pionero de muchas cosas, contigo conocí partes de mi cuerpo que tienen una sensibilidad indescriptible, me enseñaste a desnudarme sin tapujos, a sentirme libre a tu lado, a mirarme al espejo y sonreír a mis “defectos”, cada mañana, sin importar lo mal que me viera, me decías lo hermosa que era, y esas miradas al verme en vestido…Bueno, a final de cuentas me sentía como la mujer más bella tomada de tu mano.
Fuiste también mi primera ducha compartida, y todo lo que ello engloba, porque no sólo era el bañarnos y hacer el amor ahí dentro, eran también nuestros secretos, por un momento el mundo se detenía y caía para nosotros en forma de agua caliente. Por un instante la lluvia la controlábamos nosotros.
Fuiste mi primera caminata en la madrugada, ¿Qué fue lo mejor de eso?, que el temor se fue, y no sólo el miedo a los peligros de la calle, no, con esas largas caminatas a las 2 o 3 de la mañana sentí que el mundo no era tan malo, que podía correr e imaginar sin obstáculos, que esas calles obscuras eran más oportunidades, para conocer, para follar, para crecer, pero siempre de a tu lado.
Fuiste… Eres tanto Armando…
Cuando cumplimos 3 años de noviazgo nos mudamos al apartamento, ¿Recuerdas cuánto tiempo gastamos en pintarlo y hacerlo acogedor? ¿O las discusiones sobre donde colocar la silla rechinante que nos regaló mi madre?
Era realmente hermoso al atardecer, cuando el color blanco de las paredes se conjugaba con el arrebol del sol, trayendo a nosotros espectros de luz que terminaban en tu espalda, cuando clavabas mis dibujos en la sala. En ese momento, esos segundos fueron más que suficientes para confirmar mi decisión, eras el hombre de mi vida.
Un día domingo, cuando cumplimos 5 años, me levanté muy temprano y procurando hacer el menor ruido posible fui a prepararte el desayuno. Regresé a la cama, fresca y con la emoción de ver tu cara; pero despertaste un tanto diferente, la mirada tan brusca que te enmarca se veía cansada, de alguna manera… Sentí que no eras el mismo.
Comenzaste a cambiar, a alejarte, estabas de mal humor y a la menor provocación salías de casa. En un principio no te confronté, me fui por el camino fácil y estúpido de complacerte en todo. A diario me vestía con ropa incómoda, pequeña, ajustada, todo porque yo sabía cuánto te gustaba. Comencé a cocinar más y salir menos, a satisfacer hasta el más insignificante de tus deseos, de pronto me vi al espejo triste, jugando con una sonrisa. Pero nada funcionaba, tú seguías igual, parecías siempre acalorado, cansado… Llegué al límite cuando comencé a revisar tus mensajes, tus llamadas, e incluso a seguirte sin que te dieras cuenta. ¿Quién diablos era esa mujer en la que me había convertido? Una mujer insegura, sin agallas… Así que desperté, decidí preguntar el porqué de tu distanciamiento; fuiste claro, estabas cansado, me dijiste que te sentías en un punto sin retorno en donde no crecías, que habías cedido un sinfín de veces, que nuestro hermoso departamento te parecía una pequeña caja y nuestra cama una camisa de fuerza y que estabas perdiéndote poco a poco…
Fue como si mi pequeño y retorcido mundo cayera en mi… pero ya no como lluvia, sino como cristales, arañando y quebrando mi cuerpo. ¿Qué hacer?
¿Era acaso que ya no me querías?
¿Era momento de dejarnos ir?
Solamente callé, el silencio dominó la sala.
Para el 6to aniversario hacía tiempo que yo había tomado la determinación de caminar lejos, de alejarme y dejarte respirar. Y así comenzó una transformación, me recuperé, retome mis clases de pintura y diario salía a correr, conocí mucha gente, escribí y leí mucho… Y todo esto por un precio, mi distanciamiento fue gradual, desde no enviarte el mensaje de texto con la carita feliz en el almuerzo, o no saludarte ya de beso. Pero no lo supe controlar, de pronto esos pequeños detalles se convirtieron en hielo, desconocí a mi cariñosa yo, y le di paso al gélido “Buenas noches” al momento de ir a dormir, ya no te abrazaba, ya ni siquiera pensaba en ti tanto como antes.
Para nuestro 7mo aniversario decidimos no festejarlo, y cómo eran épocas de fiestas, nos fuimos a tu casa, era un lindo ambiente familiar, estábamos rodeados de todo, y yo, como siempre, ocupada en un millón de tareas, cocinando el pavo con tu madre, ayudando a tu hermana con el árbol y jugando con los pequeños sobrinos. Pero en un momento de la noche sentí que algo me faltaba. Eras tú. Comencé a pensar en ti y en los últimos dos años, cuando comencé a distanciarme… Al parecer te diste cuenta y trataste de retomar a la muchacha cariñosa, quien sabe, quizás extrañabas mis abrazos. Lo sorprendente de todo es que lo tomaste con bastante madurez, a pesar de que tratabas de “recuperarme” jamás fuiste atosigante, dejaste que yo siguiera con mis logros y no interferiste en lo mínimo.
Encontraste cierto balance, cosa que yo no había podido hacer. Pero… ¿Y si ambos fallamos?
Mi amor, hoy cumplimos exactamente 8 años de nosotros, aún no despiertas ¿Y sabes cuál fue mi primer pensamiento al comenzar la mañana?
Armando, me es difícil decirlo… Pero me he alejado tanto de ti y no supe equilibrarlo, Armando, Yo ya no te amo.
He decidido irme para ya no volver.

¿Sabes? Quizás nos encontremos tiempo después, pero tengo miedo que el tiempo y la distancia maten todo intento de querernos, pero sé que pudimos funcionar. No me arrepiento de nada, sólo… A nosotros nos tocó conocernos antes, cuando no fuimos capaces de saber lo que es compartir una vida. Porque no sólo es compartir las cobijas ni el baño, es aceptarnos y crecer diario como individuos, sin descuidarnos.
Pudimos compartir nuestras vidas, pudimos hacerlo funcionar… Pero hoy, Ya no te Amo.”
Amelia me contó que luego de escribir la carta, tomó sus maletas y se fue en su coche. Se mudó a Barcelona y nunca volvió a saber de Armando.
¿Te duele? –Le pregunté-
-No, no me duele él ni el pasado. Sólo ha quedado la duda, ¿Sabes? ¿Qué habría pasado si alguno de nosotros se hubiera dado cuenta de que podía funcionar?
¿Qué pasaría si ahora lo volviera a ver?…
11053065_10153263915280120_262704713864268544_n

Un año casi siete meses.

¡Qué lástima eso del “amor”!
Porque en todo momento es a destiempo, en todo momento duele.
¿Gozar? ¿Qué es eso? Es una leve esperanza falsa, que todo el tiempo te lo dice quien no ama.
Te Amo a destiempo.
Hagamos un recuento entonces, de lo que es eso del “Amor”:
Andabas todo acalorado, siempre lleno de pasión, había ausencia de minutos, mí tiempo lo medías tú.
Siempre en búsqueda, en espera a mi llegada. Apresurado a verme, corriendo a mis brazos como sí pertenecieras allí. Sí.
Era la época en la que veía yo a mi casa, y una brisa de emoción hacía que mi piel se erizara, ¿La causa? Tu llegada.
Y hoy, hasta el camino me tortura. No hay más nada, sé bien lo que me espera… Sólo mis ojos llenos de tristeza.
Y es que, haciendo un recuento, lloro todos los días, en las noches.
¿Y qué si te digo? “Nos veo a futuro” es lo que dices. ¿Y dónde dejas el presente? ¿No merezco acaso que me procures?
Me convertí en mi peor enemiga, no puedo estar sola sin pensar en ti, en lo mucho que me has dejado.
¿Me duele? Hasta la última célula, hasta esa me duele.
¿Y qué? Ya no puedo hacer nada, ya no siento fuerzas, la impotencia sólo me aqueja.
Hasta siento que andas viendo a otras, ¿Y yo? Sentada, esbozando, a penas, sonrisas apretadas.
Ya me voy, me voy para siempre.

Días de paro en la universidad…

Marchando sigo, porque existo, vivo y grito.
La solidaridad no acaba con esto, las trincheras están puestas, y ya son inmovibles, se han sembrado semillas en ellas y los brotes surgieron casi de inmediato.
Y sigues, compañero, escéptico, preguntándome “¿De qué sirvió todo esto?”
Y pienso en todos los niños pequeños que con su inocencia se acercaban a preguntar lo que hacíamos y por qué. Se les explicaba con crudeza, y ellos entendían, se enojaban y condenaban. Veían una a una las caras de los normalistas, y su inocencia se combinaba con indignación. Así es, compañero, la sensibilidad ha llegado hasta la infancia.
Y recuerdo también a quienes no sabían nada, a quienes antes de llegar a su trabajo se tomaban cinco minutos para preguntar lo mismo que los niños. Y al saberlo, al conocer la atrocidad de los hechos nos apoyaban con fuerza moral, víveres y apoyo de todo tipo.
Recuerdo a todas las madres, padres, hermanos, abuelos, tíos, maestros, alumnos llorando y gritando al unísono: ¡JUSTICIA!
Ellos ahora cuentan con la información que antes no tenían, ellos ahora comparten el dolor y la angustia de la enfermedad mexicana.
Y no conforme, te atreves a decirme qué esto no tendrá repercusión, que las manifestaciones no sirven.
¡Tú! ¡Universitario! Que para tu examen de admisión debiste leer sobre la Revolución Francesa, sobre el Mayo Francés, sobre Salvador Allende, sobre la Revolución mexicana y el EZLN…
¡Tú! Que en tu clase de Derechos Humanos, leíste el discurso de Martín Luther King, que viste las lágrimas de impotencia de un anciano que recordaba ver a sus compañeros caídos el 2 de Octubre. ¡Tú qué sabes lo que son los Derechos Humanos!
¡Y sigues mirándome a los ojos y afirmando que esos tiempos han pasado, que ya no es lo mismo!
¡Tú compañera! Que no podrías si quiera votar por tus gobernantes, de no ser por Adelina Zandejas y el FUPDM, que en su momento, fueron un movimiento en busca de una mejora social, tal y como el de que te quejas hoy.
¡Tú compañero! Que no podrías estudiar hoy, si nunca se hubiera protestado por la existencia de las Universidades Públicas. En una manifestación similar a la que tanto te agobia hoy.
¡Tú maestro/a! Que no puedes desconocer el labor de las manifestaciones de docentes, de normalistas… quienes han perdido 43 de sus alumnos, de sus sucesores… Quienes han perdido parte de su historia.
Y me dices, que no debería importarme, que esto sucedió lejos… y así es como dejo de creer en ti, profesor.
Y me dices que el cambio comienza en uno, que no hay mejor manera de honrar que seguir en las aulas, estudiando…
¡Y te confirmo! ¡El cambio comienza en uno! Por eso, hoy he cambiado, hoy he cambiado la comodidad de mi cama para dormir en el cemento, hoy he cambiado mis horas de descanso para unirme con mis hermanos a gritar y clamar por justicia, hoy he cambiado y me he levanto, he despertado y no dormiré más.
¡Y sigo estudiando! De la misma manera que estudiaban mis hermanos normalistas, que ahora están “desaparecidos”…
Pero yo no, yo estoy aquí, y puedo estudiar, trabajar y manifestarme, porque más que excluirse son sinónimos.
Y si sigues insistiendo “¿De qué sirvió todo esto?”, hermano, intentaré despertarte a gritos, a marchas y carteles…
Esto no termina, las flores tienen espinas, la sangre se ha derramado… Desistimos del letargo.
Y ahora, orgulloso compañero UG, exijamos justicia, exijamos el esclarecimiento de los hechos, y si aún después de todo, te niegas, la frase que engalana tu Universidad, no tendrá ningún significado.
“La verdad os hará libres”

Mi vida (I)

Hoy tengo la necesidad de compartir mi vida. ¿Por qué?
La seguridad que me proporciona el anonimato es equiparable a la de un buen amigo, sólo necesito desgarrar, y si, algún Lobo lee esto, compartiremos Estepas perdidas.
Mi vida es sencilla, “linda” para varias perspectivas. Soy una joven mujer, estudiante de la licenciatura en Derecho, vivo en una ciudad distinta a la de mi origen, rodeada de compañías similares. Mi apariencia es, si acaso, promedio. Soy alta, no soy robusta, pero tampoco delgada. Mi cabello lacio y largo me permite escapar de situaciones incómodas, puedo esconderme tras él, justo como lo he venido haciendo 19 años.
Mis ojos son pequeños, con poquísimas pestañas, enmarcados por el ceño fruncido, tengo “cejas tristes” o enojadas, y todo termina en ojeras que son golpe de vida.
Mi piel es suave. Sensible. Constantemente pienso, en que si mi ser fuera “perfectamente” externado, es decir, si existiera algo que describa sin error quien soy, ese algo sería mi piel. Siendo testigos mis cicatrices, siendo yo mi suavidad, siendo mis pensamientos, la sensibilidad que poseo. Siendo en sí, la exposición y temor.
No puedo decir que en mi vida las tragedias son bastas, y que he sufrido más en ella que el resto. No, mi vida ha sido como la de cualquier otra persona, dentro de una familia con tintes explosivos, disfuncional, pero amorosa.
Como todos, siempre acompañada, pero sola. Es en ello en lo que basaré mi texto. En la soledad que he descubierto de manera muy reciente… Que los días que vienen describirán, esto sólo es la introducción a mi vida.

Déjame ver, antes de morir, el atardecer.

Podría escribir un millón de poesías recordando solamente tus palabras,
Creyendo en la veracidad de cada una, en la sinceridad de cómo se despiden de tu boca,
Y me abrazan, y me protegen y me tocan…
Y pintar un millón de murales, con el solo reflejo de tus ojos,
De tu mirada que no cambia, donde albergas sufrimiento, llanto,
Pero también esperanza y amor.
De ti, de ti me he enamorado, un enamoramiento tal, como el de una niña sin experiencia,
Sin saber más de que lo ve, de lo que siente. Un enamoramiento que trasciende, que se siente
Como fuego en las entrañas, que desgarra con el filo de un beso, que mutila y salva al mismo tiempo.
¿Habré encontrado lo que pocos tienen la dicha de conocer? Un amor desinteresado, donde se está dispuesto a entregar todo, incluso el pensamiento.
Con cada palabra, con cada lágrima, lo confirmo, eres para mí, sin duda, ese amor necesario.
Donde puedo confiar miedos y sueños, con la certeza de que estarán resguardados.
Ese amor necesario, tan necesario como el rocío matutino, que me salva de vivir soñando.
Un tipo tan raro y escaso de amor, donde la víctima y verdugo soy yo.
Donde no necesito más de lo que veo, más de que lo imagino, más de lo que toco y beso.
No te despides aún después de decir adiós, tu existencia ha quedado hilada para siempre a mis recuerdos, y más que eso, a mis escritos.
Sin embargo, la amargura invade de nuevo mi pensamiento, y sin ganas hoy me creo la premisa de que soy aquello parecido a lo que buscas, sin serlo, aquel instante perfecto, pero que no llegará a ser eterno.
Y ahora tengo miedo, tengo miedo de esperar a que llegue aquel instante que cambie mi vida para siempre,
Aquella muchacha que conociste, alegre y bromista se ha esfumado desde que llegó la inevitable conclusión… Y así, entre sollozos interminables, en una puta noche eterna, espero, como siempre, tu respuesta, aquella que me matará para siempre, a la que le sobreviviré en carne, a la herida que maquillaré cada día del resto de mi vida.
Sólo espero ese día, esa noche, esa madrugada, donde te des cuenta, de que no soy quien para estar a tu lado, y lo más doloroso, es que me doy cuenta antes que tú, y decido quedarme a tu lado, para que seas feliz mientras mi agonía perdura, para esconder para siempre estos ojos que te ven con dulzura.
¡Despídete para siempre de mí! ¡Despídeme para siempre de ti!
Déjame desechar recuerdos, desechar el mejor momento de mi vida, desechar la última tristeza; para darle paso a la agonía, a la agonía de tu sombra,
¡Vamos! ¡Despídete de la chica que te amará siempre!
¡Despídete de quien con lágrimas te escribe siempre!
Y déjame ver, antes de morir, tu mano en la mano de alguien más, y cerrar los ojos, al final del atardecer…
-Marisol Barrientos González- Imagen

Morir literalmente de amor

Morir literalmente de amor.

Luego de una noche tormentosa, con lluvia, relámpagos y un concreto mojado; metafóricamente hablando, mis miedos resurgieron, igual que antes, o que nunca. Mis miedos flotaron en esos callejones ahogados, en las calles coloquiales donde no quería recordar nada, y por no querer, recordaba todo.

Tú, la mirada triste que luego recordaría y me torturaría para no darme paz en ningún segundo. Tú, la forma en que no me mirabas, en la que nunca me tocaste, cuando no estabas conmigo. Fragmentos de memorias que necesitaba para terminar en partes, pequeñas partes que no podía juntar.

 Mis manos, la sensación de tu rostro en ellas se esfumaba, cada vez estaba más lejos, y al mismo tiempo no me abandonaba. Mis piernas, el temblor  que provocabas luego de una exitante dosis de amor, de cariño y de lujuria. Mis labios, luego de un “beso arrebatado”, uno dulce, de sentirte.

Todo se va, pero se queda conmigo. Mi mente se va de viaje, pero yo me quedo. Con tu mente me quedo, con la pequeña fracción que inconsientemente me obsequiaste. Y tu te quedas con la mía, la más vulnerable de todas.

Luego de esa noche, despierto con dolor de cabeza, agudo, un taladrar infinito de sonidos que no quería recordar, de imágenes que dolía ver, literalmente dolía ver, vivir. Me  duele el pecho, te siento como una enérgica bocanada luego de salir del agua, pero yo me siento sin alivio.

Luego de esa noche, te extraño sin merecerlo, sin que lo merezcas. Extraño fundirme en tus palabras, adueñarme de ellas, sentir que soy parte de esas letras. El soñar es lejano. Sin quererlo, me acostumbro a la realidad, cuando por todos los medios intenté huir de ella. El camino más corto al olvido de lo real, eres tú, pero hoy, irónicamente, fuiste el que en un par de segundos, devolviste mi ser aquí. A éstas palabras, a escribir de nuevo con un nudo en la garganta. Esperando que veas algún día ésto, pero sin querer que lo recuerdes.

Luego de esa noche, mi declive se acelera, el miedo se materializa, la angustia invade los centímetros de mi piel, la agonía hace que me pregunte…

¿Se puede morir literalmente de amor?                                                            

 

                                                                                                                             Marisol Barrientos González

Aceptación de la condición humana

Cuando piense en noches de insomnio, a mi mente vendrá la taza violeta de café que me acompaña, y las reflexiones que, poéticamente, fueron fruto de un día lluvioso.
La vida puede ser completamente un decisión de libertad, sería así de no ser por la soledad. La soledad no está a voluntad de quien la posea, que realmente, somos todos los seres de este planeta. La soledad es la condena a la que somos acreedores a partir del momento de nuestra concepción. Podemos tener compañías efímeras por el resto de nuestras vidas, pero dentro de nuestros pensamientos, seremos siempre, como el lobo estepario.
Empeora, si conocemos bien nuestra condición en el mundo, es decir, “guardar apariencias” dentro de una sociedad que juzga con rapidez.
Cualquier persona, por honesta que sea, ocultará siempre sus mejores o peores deseos, por una mejor adaptación, miedo a un castigo o sumisión a la realidad que se espera de dicha persona. Si bien, todos somos libres pensadores, es desde nuestra infancia donde se moldea nuestra mente para acaparar las disposiciones y decretos que la sociedad y nosotros mismos marcamos. De no ser así, seríamos denominados delincuentes o locos.
Es por ello, que sólo rara vez en nuestra vida exteriorizamos nuestro ser, no podemos dejarlo al desnudo por temor a un ataque. ¿Hemos sido completamente sinceros con nosotros mismos?
La soledad se convierte entonces, no en condena, sino en escape; y sin lugar a dudas, la soledad provocada por un golpe fuerte de realidad, es la más sincera.
Me cuesta, en lo personal, prescindir de las compañías superficiales, y mucho más me duele, decirle adiós a la compañía que me ayudó a entender mi soledad; sin embargo, aunque sé que la caída será por demás dolorosa, no puedo evitar ansiar ver el resultado del experimento realizado por amor.
Y es así como, mi soledad será mi más grande compañía, quien me permitirá conocer a la persona más importante para mí, un viaje extenso, disfrutable, lleno de escalas y melancolía. Pero he de acercarme más que nunca, a la cúspide de mi ser, a la razón de mi existencia: La aceptación de la soledad como condición inherente a la humanidad.

La mirada no se afecta con contigencias

Estos tiempos sólo dan para hablar de progreso

de avance y demás ilusiones

pocos son los que reflexionan sus pasos antes de correr,

pocos son los que conocen antes de criticar.

Pero existe algo que no cambia

¡Gracias a la buena fortuna!

Y si están antes de todo, en desacuerdo los seguidores de Heráclito

Déjenme decirles, que la contingencia no afecta las miradas,

Una mirada será siempre turbia, enajenante o distraída,

Será siempre de acuerdo a quien la posea, y se vestirá siempre

De acuerdo a quien deleite.

Los efectos de la mirada no cambian por el tiempo,

Es el tiempo quien se adapta a las borrascas provocadas por los ojos de un amor

De una madre, de un amigo, de un amante

Y ahora, gracias a este suceso, es cuando por fin lo confirme:

Era mi cuerpo imperante encima del tuyo

Desnudos cual naturaleza propia

Nuestros cuerpos se cubrían únicamente por el mismo sudor

Que el deseo

y gracias a la posición y la ventana abierta,

pude por vez primera, ver tus ojos tal cual son,

el cuadro que los enmarca es el mismo que a tu espalda,

se trata de árboles secos y solitarios, con aire de esperanza

que aunque muertos, devuelve la vida el marrón que los dibuja.

Fue tu piel la principal cómplice de mi certeza

A sabiendas de la sensibilidad de ella

Aproveche las zarpas que en lugar de manos tengo,

Y toqué tu cuerpo, a la vista tuya, con sutileza

A mi propia perspectiva, con la pasión que ella desencadena.

Me permite verte sin abrir los ojos, sentir una a una

Las células dérmicas que se excitan al momento del contacto,

Y me permiten oír con agudeza el latido de tu corazón

Mientras mojas tus labios.

Y, sabiendo el juego previo de mis experimentos,

Conocía exactamente la génesis de tu fuego,

Podía pulsar el botón indirecto en tu abdomen

Que me permite cerrar tus ojos

e imaginarte.

Con todo esto, y la luz perfecta de un día iluminado por centellas grises

Me dispuse a la razón de mi ser en ese momento,

A contemplar la mirada misteriosa que emanas

y el apremiante impulso de besarte,

no fue suficiente como el de admirarte.

Y rescaté los movimientos de tu pupila,

Que si de serenidad se trata, apenas se hace perceptible.

Pero son los momentos en los que debemos desbordar

Nuestros impulsos y escondidos deseos

Con besos y caricias

(éstas últimas, confidentes y celadoras)

Cuando se apoderan tus pupilas de tus ojos

Y se vuelven, en su totalidad, obscuros.

Para identificar, la conexión entre tu piel y tu mirada,

Necesité mis manos, tu voluntad y nuestra compañía.

Y por hoy, confirmo, la edad y el tiempo no determina la mirada,

Es la mirada, quien determina el reflejo de la totalidad de nosotros.Imagen